Superposición del sitio

ENSEÑANZAS QUE NOS DEJA LA PANDEMIA: UN AÑO QUE NO OLVIDAREMOS

La crisis del coronavirus ha puesto a la Humanidad ante una prueba inédita que afecta por igual y de manera simultánea a todos: a pobres y ricos, a políticos y a ciudadanos, a famosos y a desconocidos. Es intergeneracional, no hace distinción de razas ni religiones y apela a una cuestión ética y de visión a largo plazo entre los países. La pandemia está paralizando al mundo y todos nos preguntamos cuánto tiempo durará y qué pasará luego. Tal vez hoy no tengamos esas respuestas, pero sí tenemos la oportunidad de interrogarnos sobre las lecciones que nos dejará para capitalizar así esta experiencia.

El Covid-19 puede ser el inicio de una revolución invisible que invita a repensarnos en dos dimensiones que a priori podrían parecer opuestas, pero que están íntimamente relacionadas: la individual y la colectiva y que, de algún modo, modelarán y reconfigurarán nuestra manera de pensar, de ver y en definitiva de enfrentar la vida. Un nuevo mundo asoma y sería bueno que esta experiencia que recordaremos por siempre deje en nosotros lecciones y aprendizaje para afrontar esa “nueva normalidad” que nos espera el día después del Covid19. ¿Cuáles son algunas de esas enseñanzas?

  1. El cuidado de la casa común

Como ha quedado de manifiesto, los seres humanos llevamos demasiado tiempo maltratando nuestro planeta, hemos hecho un uso irresponsable de los recursos y abusado de los bienes, dominándolos de manera arbitraria y antojadiza. Esta pandemia nos ha hecho reflexionar sobre el daño que causamos a nuestro entorno. Cuidar la casa común es una obligación de todos porque de eso depende la supervivencia propia y la de los demás y no está solo asociado con las cuestiones ambientales, aunque las incluya. Se trata, en definitiva, de velar por el cuidado de la ecología humana que es el hábitat natural que necesitan las personas para nacer, para crecer y para desarrollarse.

 

  1. El valor de la dignidad humana

 

Cada persona también es una criatura de este mundo con derecho a vivir y a ser feliz, y que además cuenta con una dignidad única, que tiene que ser reconocida y respetada. Cada uno posee un valor intrínseco por el mero hecho de ser persona y esto implica la necesidad de que todos sean tratados en un pie de igualdad y que puedan gozar de los derechos fundamentales. La vida humana, que ha estado amenazada por la pandemia, conserva todo su valor y toda su dignidad en cualquier condición, incluso de precariedad y fragilidad y su cuidado lleva a no abandonar jamás a nadie y a no dejarse llevar por esa cultura del descarte que cataloga a las personas con criterios injustos y utilitaristas. Este virus nos está dando un baño de humildad porque no somos omnipotentes, nos pone en el lugar de los demás y nos demuestra que todos somos iguales y merecemos vivir.

 

  1. La responsabilidad en la construcción del bien común

 

El desarrollo desigual entre los distintos países y regiones nos llevó a pensar que cada uno se salva solo. La crisis que afectó a todos por igual nos replantea las bases de un desarrollo sostenible, basado en la solidaridad y la búsqueda del bien común. Ninguna decisión es buena si no se eligen valores que sepan compatibilizar los legítimos intereses individuales con el compromiso por el bien de todos. Esta crisis nos demuestra que no hay fronteras ni diferencias entre las personas ni entre las naciones, que los grandes problemas que habrá que afrontar post pandemia no se podrán abordar de forma local porque su solución solo puede ser global, buscando un desarrollo sostenible que sea justo y equitativo que vele por el bien común de todos. Cuidarnos unos a otros de forma altruista nos ha llevado a un camino de solidaridad entre nosotros y entre los países nunca visto.

 

  1. El servicio como valor humano

 

Esta crisis mundial está demostrando la gran capacidad de transformación que tenemos las personas a nivel individual y colectivo y, concretamente, la capacidad de donación y el alto sentido de colaboración para hacer la vida más agradable y saludable a los demás. Tantos héroes anónimos que nos han demostrado, con su trabajo, que servir es interpretar las necesidades de los demás, especialmente de los que más sufren. Tantas ocasiones que da el servicio de curar, consolar, contener y acompañar ante las dificultades, sin buscar ganar aplausos ni esperar reconocimientos, aunque bien merecidos sean.

 

  1. El tiempo para uno mismo y la familia

 

Tantas semanas de aislamiento nos han permitido estar con nosotros mismos y las personas que más queremos. Seguramente hemos tenido ocasión de repensar nuestras prioridades y sopesar nuestras motivaciones. Con esta situación se nos abrieron oportunidades para (re) descubrir y (re) valorizar el sentido de nuestra vida. Una vez que pase esta pandemia, saldremos fortalecidos y con más claridad sobre el propósito de nuestra existencia y apoyados por vínculos interpersonales más sólidos y estables. Le habremos sacado brillo a las tareas de cuidado y a las labores domésticas que históricamente se han asociado a la mujer pero que con la experiencia de este tiempo se han transformado en una responsabilidad compartida. De hecho, a raíz de esta pandemia, más hombres se han involucrado en el hogar y en la educación de los hijos y en más de un caso esta situación los ha llevado a replantearse su rol como padres.

 

El sentimiento de pertenencia y, sobre todo, el de comunidad (creado día a día a través de miradas cómplices en balcones y ventanas), es ese eslabón perdido en cualquier batalla que libre la humanidad. Éste último tiempo hemos demostrado que cuando hay voluntad y conciencia colectiva, el ser humano es capaz de movilizar todos sus recursos en tiempo récord para neutralizar a un enemigo tan mortal como el coronavirus.

Para superar las crisis necesitamos apelar a los instintos más básicos del ser humano: la cooperación, la colaboración, la solidaridad y la unidad de acción. Porque es la fuerza del colectivo la que nos hace poderosos frente a cualquier desafío.

 

Por primera vez en su historia, el mundo se ha parado de golpe y una vez que, poco a poco, se reanude la marcha será bueno no perder de vista estas enseñanzas que nos dejó la pandemia. Ya nada será como antes y a la vez, lo que sea esa “nueva normalidad”, dependerá no tanto de las decisiones de los gobiernos o de las empresas, sino de uno mismo. El futuro lo escribiremos con nuestras acciones porque cada uno está llamado a ser protagonista del cambio que quiere ver en el mundo.

 

 

 

 

 

Por Marilina Barahona

Fuente: Noticias Onu